lunes, 30 de noviembre de 2009

25 años después

El día 28 de noviembre se celebraban las bodas de plata del fin de la promoción de mi colegio, veinticinco años desde que, en tercero de lo que antes se llamaba BUP, dejamos el colegio. 


Mi colegio era un colegio de monjas, sin la rigidez que se les suele atribuir, y, la verdad, fue bonito y extraño a la vez el reencuentro. Bonito porque, al fin y al cabo, es volver a ver personas con las que compartí 11 años de mi vida, los años de la niñez, de la adolescencia, en un pequeño universo protegido en el que se entreveían los distintos tipos de personas que, con el tiempo, nos encontraríamos a lo largo de la vida. Y extraño porque, a la imagen de entonces que yo conservaba en la memoria, se superpone la imagen actual de mis compañeras. 

En estos años hemos estudiado, nos hemos casado, algunas han tenido hijos, ¡algunas muchos!, otras se han separado, algunas viven en el extranjero y de otras no hemos vuelto a saber nada, su rastro se ha perdido, al parecer para siempre...

Lo bueno y lo malo es que estos acontecimientos invitan a hacer balance, a detenerte y mirar dónde estás, hacia dónde vas y qué objetivos de los que tenías cuando ibas al colegio se han cumplido, en qué clase de persona te has convertido... pero, al mismo tiempo que se echa la vista atrás, se vuelve la mirada hacia delante, al tiempo que queda, a las oportunidades que nos esperan, a los sueños que aún podemos cumplir porque, aunque veinticinco años más mayores, seguimos estando vivas, seguimos soñando y seguimos buscándonos a nosotras mismas. 

Un día memorable.

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