VISITA AL ATENEO


El sábado pasado, paseando por Madrid, mi pareja y yo decidimos visitar el Ateneo. Durante mucho tiempo había estado cerrado, así que ahora que teníamos la oportunidad, entramos a verlo. Realmente quien entró fue mi pareja, porque yo me quedé un poco atrás, temerosa de que quienes había en la puerta nos reprendieran por entrar sin más. Sin embargo, nos dijero que podíamos pasar a verlo, así que subimos las escaleras guardadas por dos estatuas negras, una a cada lado, de ángeles alados, como anunciando que nos aproximábamos a un mundo celestial.

El Ateneo es un edificio antiguo que te envuelve y poco a poco te va abrazando y descubriéndote sus secretos. Sentadas en el hall había varias personas, la mayoría gente mayor que supongo que suele pasar allí las tardes. Recorrimos el largo pasillo donde cuelgan los retratos de quienes han sido pilares de nuestra cultura: Juan Ramón Giménez, Menendez y Pidal y tantos y tantos otros... pero lo mágico del Ateneo es que no sólo lo ves, sino que también lo sientes. Te parece oír las tertulias de los intelectuales, verlos paseando por los grandes salones situados en la planta baja. De algún modo, el ateneo rezuma el conocimiento, la sabiduría y la grandeza que ha visto pasar durante sus ciento cincuenta años de existencia.

Y entonces lo sentí. El olor, tenue al principio, inundó completamente mis fosas nasales. Era para mí un olor conocido, familiar, un olor de mi infancia que me hizo sentirme bien, porque ese olor es uno de los pocos recuerdos buenos que tengo de cuando era niña. Es un olor acre y dulce a la vez, el olor de los libros viejos, atesorados y guardados, el olor del conocimiento detenido. El Ateneo olía igual que la casa de mi abuelo. Es un aroma lleno de partículas, y, aunque compuesto del paso del tiempo, es un olor lleno de vida.

Me sentí de nuevo como si entrara en el despacho de mi abuelo, aquel despacho grande, forrado en madera y, sobre todo, lleno de libros. Libros que se apilaban en las estanterías, en el suelo, en las mesas, en las sillas y sillones esparcidos por el espacio donde mi abuelo pasaba la mayor parte de su día, trabajando en sus libros, leyendo y escribiendo. Yo me sentía bien en casa de mi abuelo, porque era un refugio de paz. Era un sitio tranquilo, donde una niña se podía sentir segura, muy al contrario que mi casa. Resulta gracioso, porque, aunque sólo nos separaban unos escalones, mi casa y la de mi abuelo eran dos universos totalmente distintos. Uno era la paz. El otro era el infierno.

El recuerdo de mi niñez se hizo más fuerte aún cuando escuché unas notas al piano. Creo que era una polonesa del Rachmaninov, que alguien estaba ensayando en el salón de actos del Ateneo para dar un concierto un par de horas después. La pieza era muy familiar para mí, porque mi hermana, estudiante de piano, la había tocado miles de veces cuando yo era pequeña. Aquellas notas se pusieron a bailar con el olor a libros, envolviéndome tanto a mí como mi a mi pareja. Mi alma de escritora bailaba con las notas musicales y las palabras de los libros, y bailaba también por el hecho de sentir a mi lado en aquellos momentos a la única persona que realmente ha creído en mí, la persona que ha hecho renacer mis sueños, renacer mi alma y quien me ha ayudado a volver a la vida. Unas lágrimas de felicidad brotaron de mis ojos. En aquel instante se unían dos buenos recuerdos de mi infancia con lo mejor de mi vida adulta. En un rincón del Ateneo nos abrazamos y nos besamos, fundiéndonos en aquel instante.

Mi pareja me animó a buscar si alguno de los libros de mi abuelo estaba recogido en los fondos del Ateneo, y allí fuimos a buscarlo. Y sí, encontré tres. Y me emocionó mucho. Yo ya he visto y hojeado los libros de mi abuelo, pero verlos allí, en aquella atmósfera, fue algo mágico.

Le dije a mi pareja que me hubiera gustado que mi abuelo lo hubiera visto y me dijo que mi abuelo estaba allí conmigo, en aquel momento. Y yo lo creo. Le imagino mirándome con aquellos ojos azules llenos de vida y sentido del humor y siento que está orgulloso de mí.

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