domingo, 29 de mayo de 2011

Desalojo de la Plaza de Cataluña


Yo nací en el 67 y he crecido en un país en el que pensé que ya no iban a ver ciertas cosas que eran habituales en la dictadura, o que si volvía a verlas sería a través de la pantalla de televisión, cuando informaran de las revueltas sobre no sé qué país dictatorial. Por eso me sorprendieron tanto las imágenes del desalojo de la Plaza de Cataluña. Me sorprendieron y me horrorizaron. Era tremendo ver entre los policías a mujeres de unos cincuenta años tendidas en el suelo, intentando evadirse de los golpes de las porras, a jóvenes llorando aterrorizadas en medio de la carga policial o a chavales ensangrentados siendo arrastrados por los Mossos d'Esquadra.


Me dirán que en toda manifestación hay chavales antisistema que incendian los ánimos y provocan, y lo creo, me dirán que era necesario desalojar la plaza por si el Barça ganaba la Champion y no lo entiendo, ¿desde cuando es más importante el fútbol que luchar por nuestros derechos? Me dirán que la gente lanzaba objetos contra los antidisturbios, y seguramente es verdad. Y créanme, no culpo a la policía. Yo parto de la base de que los policías cumplen órdenes y supongo que hay que verse en ese fregado para ver cómo actuaría uno si es antidisturbios.

La vergüenza es para quien ordena el desalojo, porque ve en una celebración de fútbol la oportunidad de quitarse de la vista el recuerdo incómodo de una población que ya está harta, que no puede más, que se ve ahogada por las deudas, la bajada de los salarios, el paro, la avaricia de los bancos y un sistema que cada vez exprime más al ser humano obligándole a olvidarse de vivir. Para ellos es la vergüenza.

Porque los políticos, me da igual de dónde sean, con ello lo único que demuestran es algo que los españoles sabemos hace mucho tiempo, y es que no les importamos una mierda. Ellos hacen, deshacen, tienen su vida hecha y cuando no te preocupa pagar la hipoteca, llegar a fin de mes, tener dinero para pagar el colegio de los niños o poder incluso comer de forma decente cada día, cuando no tienes ni idea de qué va eso, es muy difícil ponerte en la piel de los cientos de miles de españoles que cada día lo están pasando peor.

La Puerta del Sol, la Plaza de Cataluña son el grito de auxilio de una personas que ya no pueden más, que intentan salir adelante pero se hartan ante la pasividad, el amiguismo y la avaricia de los políticos, de los banqueros y que todos aquellos que están en la cima del sistema, controlando los hilos. Es muy fácil pedir sacrificios a los demás cuando no los tienes que hacer tú, y sabes que no vas a tener que hacerlos jamás, porque eres intocable.

En sus despachos, deciden que trabajemos hasta que la muerte nos separe del puesto del trabajo, y eso quien lo tenga. Deciden que debemos cobrar menos por nuestro trabajo o que debemos recortar gastos pero se olvidan que detrás de esas decisiones hay personas y cuando se lo recuerdan dicen: “ah, haber sido más austeros y no haber vivido en la época de vacas gordas como si fuera época de vacas gordas”.

Con este desalojo se ve que nada ha cambiado. Aunque a los políticos se les llene la boca de la palabra democracia, intentarán por todos los medios que no nos salgamos del camino preestablecido y, cuando lo hagamos, como ocurrió en Vietnam, Tiananmen o la Plaza de Cataluña, nos darán leña.

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