Desde mi nueva casa


Cambiarse de casa es siempre una aventura. Es la primera vez que publico desde mi nueva casa y estoy contenta. Miro a mi alrededor y me siento bien. La casa me ha acogido bien, con cautela al principio, pero mostrándome sus secretos poco a poco. 

Decían en “Bajo el sol de la Toscana” que cuando se llega a una nueva casa hay que ir presentándose poco a poco, descubriendo sus rincones y haciéndole saber a la casa que la vas a cuidar bien. Y eso es lo que yo he hecho. Cierto es que desde el principio la casa me ayudó a hacerlo, ya que se mostró amable con nosotras, curiosa pero tranquila, observándonos y esperando. Supongo que le dimos buenas vibraciones, igual que ella a nosotras.


No todas son así. Cuando buscas una casa nueva te das cuenta. Hay casas que no quieren nuevos inquilinos, que te muestran los dientes desde que atraviesas la puerta de entrada y que te hacen sentir incómoda en cada rincón. Supongo que eso se debe al carácter de quienes las han habitado,  agrio y seco, que ha impregnado la casa. Y esa energía negativa se transmite a cualquiera que entre en ellas. Recuerdo una de las casas que vimos, que era de la madre del propietario y, sinceramente, no me hubiera sorprendido lo más mínimo ver a la madre de Psicosis entrando en el salón en cualquier momento. Son esas casas en las que sabes que nunca estarás tranquilo, que nunca podrás hacerla tuya, porque la esencia de sus moradores flota en el ambiente.

En esta no. Ya desde el principio nos resultó acogedora y cada día lo demuestra un poco más. Cuando entras por la puerta, huele a madera, y la energía que se respira en ella es tranquila. Puede que a muchos les suene a tontería, pero yo me muevo mucho por la energía que transmiten las cosas. Creo que ese sexto sentido, el que va más allá de nuestros pensamientos y razones, es lo que realmente nos guía. La verdad es lo que sentimos en el estómago, no lo que nos pasa por el cerebro. Por eso me dejo sentir, me abro a que mi instinto me diga cómo son las cosas. No siempre lo consigo, claro, y a veces meto la pata.

Lo primero que nos gustó de esta casa son las vistas. Vivimos en una zona de Madrid en la que aún quedan casitas bajas, y el terreno está lleno de hondonadas y colinas. Por ello, cuando miramos por la ventana, no nos encontramos con otros edificios, sino que la vista se pierde a lo lejos hasta encontrarnos con la sierra madrileña. Kilómetros y kilómetros de tierra verde, salpicada por pequeños pueblos aquí y allá. Además, cuando es un piso alto, cuando nos sentamos en el sofá, por la ventana sólo se ve el cielo, como si estuviéramos viviendo entre nubes. Algo maravilloso.

Además, estamos rodeadas de verde. En este Madrid nuestro, contaminado, polvoriento y seco, disfrutar de zonas verdes es un privilegio. A tres minutos, la Dehesa de la Villa, que se ha convertido en un auténtico paraíso tanto para los humanos como para los animales. Tenemos además que agradecerle a Gallardón esa obsesión que tiene por devolver el espacio a los peatones, ya que cerró la carretera que la atravesaba y la convirtió en una ruta para paseantes y ciclistas. Bueno, mejor dicho para paseantes y para ciclistas cuando estos les dejan, ya que lo normal es que lo paseantes, sobre todo los de cierta edad, invadan el carril bici. Los ciclistas se enfadan, pero qué quieres, es mucho más cómodo y mejor para las articulaciones pisar el asfaltado blandito de los carriles bici que la tierra granulosa, lo cual convierte en estos lares el ciclismo en un deporte de riesgo. Eso sí, quienes cada día se acuerdan de la madre de Gallardón son todos aquellos que antes disfrutaban de una tranquilidad casi campestre y ahora tienen que aguantar los cláxones, ruidos y atascos de la multitud de conductores que han debido buscarse un itinerario alternativo para volver a casa.

Dejando vagar la vista, veo los montes de El Pardo. Un lugar que para mí, que siempre he vivido en el centro de Madrid, se me antojaba lejanísimo. No está bien comunicado y si no tienes coche es mejor olvidarse, pero si lo tienes, nada mejor que ir allí a disfrutar de los paseos por el monte, de las orillas del río (sí, sí, el Manzanares también existe, y aquí lleva hasta agua) y de la posibilidad de contemplar gamos a dos metros de distancia cuando subes a lo más alto del todo. Y no sólo contemplarlos, sino darles de comer. Los gamos y los jabalíes han aprendido que, al caer la tarde, multitud de humanos se reúnen en torno a la valla para verlos, y claro, tontos no son. Les cae de todo, desde trozos de pan, que olisquean con displicencia, hasta galletitas saladas, que les encantan. Se acercan las hembras y los cervatillos, como Bambi. Los machos se quedan más atrás, vigilando, contemplando la escena con una mezcla de hastío y condescendencia.

Mis pensamientos vuelven a la casa. Mudarse es estresante, sí, pero supone una oportunidad única de renovación. De liberarse del peso del pasado, de cosas que has estado guardando y que ya no te hacen falta. Mudarse, como cambiarse de trabajo, es la puerta a una nueva etapa, a nuevos retos y experiencias. Es lo que nos hace recordar que estamos vivos.

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