martes, 16 de agosto de 2011

La marea tras las vacaciones

Hace unas pocas horas que he regresado de nuevo a Madrid. Ayer, a estas horas, estaba cenando en un restaurante del puerto de Gandía y hoy estoy aquí de nuevo, en mi ciudad adormecida por el calor del mes de agosto, de vacaciones como andamos todos, incluso los que trabajan. Porque en agosto, quieras que no, todos seguimos estando de vacaciones.


Algunos me dirán que ya se ha acabado lo bueno, pero yo no lo creo. A mí me gusta pasar las vacaciones en la playa, porque las horas muertas tendida en la arena, haciendo crucigramas o en el agua meciéndote con las olas te invitan a pensar. La playa es, contra lo que todos piensan, un perfecto lugar de reflexión, donde puedes repasar tu pasado, reencarrilar tu futuro y, sobre todo, reexaminar tu presente.






Por supuesto, esto se debe más al hecho de tener tiempo que a estar al lado del mar, pero el fluir del agua tiene algo mágico y supongo que algo tendrá que ver en ello el hecho de que, en un 90%, los seres humanos estemos formados de agua. El agua nos atrae y nos atemoriza a la vez, sobre todo a quienes, como yo, pertenecen a la generación que vio la primera película de tiburón cuando contaba unos diez años. Y la idea de que algo chapotea en las profundidades no es tan fácil de extirpar del cerebro.

El mar invita a hacer proyectos, a reexaminar vidas, a reorientar actos pasados. El mar, con su ir y venir constante nos indica que en la vida nada es estático, que todo fluye y está en continuo movimiento y que, por ello, lo mejor es dejarse llevar por la corriente, porque, como decían en la película Náufrago, nunca se sabe lo que puede traer la marea.

Y estperando la marea aquí empieza de nuevo mi blog, un poco atontada aún por el viaje, sin querer pensar mucho en la idea de que mañana mi despertador sonará de nuevo a las seis y cuarto de la mañana, pero deseando ver qué me deparará la marea.

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