Champú para caballos

Aun siendo mujer, confieso que las mujeres no dejarán nunca de sorprenderme. Mi empresa está formada mayoritariamente por mujeres, la mayoría de las cuales ya rondan la cincuentena. El otro día, una de ellas anunció que su marido, que se estaba quedando calvo, tenía ahora un cabello frondoso porque se lo lavaba con un champú para caballos. La noticia corrió como la espuma y muchas de mis compañeras, a las que ya comienza a clareárseles el cabello y a adivinarse la coronilla, se lanzaron, sin más ni más, a comprarlo por Internet.


Aunque en la página web sí aparece que el champú se puede utilizar en humanos, en el envase no hace mención alguna. Aparte de oler a rayos (los champús llegaron a la empresa), habla del pelaje y las crines del caballo. Aparte de las bromas sobre galopar, melenas y todo lo demás, y preguntándonos quién sería la valiente, viendo a aquellas mujeres comprarse un champú para caballos, no pude más que preguntar qué es lo que nos lleva a intentar estar guapas por encima de todo, qué hace que perdamos la cordura, nos metamos en dietas imposibles de seguir y dañinas para nosotras, utilicemos productos químicos que a la larga nos dan alergia, nos machaquemos en el gimnasio y entremos en un quirófano a ponernos labios, pecho, culo, y mil y cosas más, poniendo en riesgo nuestra salud y, a veces, desafortunadamente también nuestra vida.



La respuesta que se me ocurrió es que la mujeres nos pasamos la vida compitiendo con nosotras mismas. Cuando somos jóvenes, competimos contra nuestras compañeras, amigas y mujeres de la misma generación por conseguir una pareja. Luchamos por destacar para ser las elegidas. Cuando ya no somos tan jóvenes, seguimos luchando contra nosotras mismas porque sabemos que, cuando pasamos de los cuarenta, el enemigo a batir son las de veinte.

Intentamos parecer jóvenes, aparentar menor edad, y mientras nuestros maridos se ponen gordos y calvos, nosotras vamos al quirófano, para batir a la competencia, en una lucha sin cuartel y sin fin. Lucha que se acrecienta más cuando, rondando los cuarenta y cinco, comenzamos a escuchar que nuestras amigas, hermanas y compañeras se han divorciado o separado porque otra mujer más joven entró en escena.

¿Quiénes son los culpables de esto? Podríamos culpar a los hombres, diciendo que son tontos y que piensan con la entrepierna, que sin duda muchas veces es verdad, pero las verdaderas culpables somos nosotras mismas. Somos nosotras quienes entramos en una espiral que nos lleva a, un buen día, mirarnos al espejo y no reconocernos o, si se tercia, utilizar champú de caballo.

Las mujeres hemos avanzado mucho, pero espero que un día nos demos cuenta de que una mujer de cuarenta, cincuenta o sesenta, resulta muy atractiva en toda su madurez y en toda su sabiduría y su riqueza y que, si alguien no sabe apreciarlo y se va con una de veinte, peor para él.


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