jueves, 5 de abril de 2012

Gafas Google con ordenador integrado

Hoy he visto que Google está trabajando en un prototipo de unas gafas con un ordenador integrado. Vaya por delante que soy una enamorada de la tecnología y que no puedo sino sorprenderme y admirar de las cotas de invención a las que está llegando el ser humano, desde construir una estación espacial hasta permitirnos mantenernos comunicados en cualquier punto del planeta. 

Dicho esto, cuando escuchaba la información y veía el vídeo de presentación en el cual el usuario de las gafas quedaba con sus amigos mientras desayunaba, miraba al cielo y veía la temperatura, la humedad y la previsión del tiempo o el ordenador le indicaba el mejor camino para ir a pie si el metro estaba averiado, no he podido evitar preguntarme si llegará un momento en el que, como en las películas de ciencia ficción, terminemos controlados por un ordenador. No en el mismo modo en que se describen en las películas, con un superordenador que controle a la humanidad, sino si llegará un momento en que no sepamos qué hacer sin antes consultar con una pantalla. 


Pero sobre todo, no puedo evitar preguntarme si llegará un momento en que el hombre moderno pierda totalmente la costumbre de estar en silencio y a solas consigo mismo. Vivimos en una sociedad de información y de ruido. No hay más que ver a ciertos grupos de jóvenes que van a todas partes acompañados de un móvil que emite una música que, para mí, ya en la cuarentena, suena horrible, y hablan, ríen o incluso cenan en un restaurante acompañados por el ruido de fondo de la música. 

Todo el ruido, el batiburrillo, toda la inmediatez de la comunicación hacen que no tengamos un momento para nosotros, para pararnos a pensar en dónde estamos, a dónde queremos ir, y sobre todo, si nos estamos satisfechos con nuestra condición actual y, si no es así, qué podemos cambiar y cómo hacerlo.

Esos momentos nos permiten crecer y madurar como personas, hacer frente a los desafíos de la vida y determinar hacia dónde queremos conducirla. De otro modo, corremos el riesgo de, un día, preguntarnos cómo hemos llegado al punto en el que estamos, sin habernos dado casi ni cuenta del camino que habíamos elegido. 

Supongo que la clave está, como en todo, en encontrar un equilibro, un lugar en nuestra vida para todo. Pero es indudable que hay muchos interesados en que no tengamos esos momentos de introspección, en que no nos paremos a reflexionar y simplemente sigamos adelante, casi como autómatas, distraídos con todas las atracciones que ponen a nuestro alrededor, sin darnos tiempo para pensar. 

Por ello, de vez en cuando, es bueno bajarse del tiovivo y sentarse a respirar. Y si puede ser delante de un lago o un río, en soledad, mejor. 


No hay comentarios: