Reencontrarse con el niño interior

Cuando somos niños, tenemos abiertas todas las posibilidades. Podemos aprenderlo todo, serlo todo y vivirlo todo, y siempre desde una pasión desmesurada, arrolladora, que hace que cada instante, cada vivencia, cada experiencia sea única, intensa, magnífica.
Cuando crecemos, vamos perdiendo esa intensidad. Comenzamos a preocuparnos más por el futuro, a angustiarnos por lo que nos ocurrirá mañana, pasado mañana, el mes que viene o dentro de diez años, y nuestro presente se queda reducido a pequeños momentos en los que, vagamente, recordamos quienes éramos. Empujados por la senda que hemos escogido, nuestro sueños van quedando atrás, y se alejan aquellos días en los que queríamos ser astronautas, bailarines, superhéroes, una cosa cada día o todas  a la vez, porque podíamos serlo todo. Pero nos decimos a nosotros mismos que somos adultos, que tenemos obligaciones, que debemos madurar. 


Sin embargo, si queremos ser felices, disfrutar hasta el último instante de nuestra vida, debemos reencontrarnos con nuestro niño interior, recuperar la pasión que poníamos en todo lo que hacíamos. Debemos buscar aquello que nos hace vibrar, que nos hace olvidarnos de todo y de todos y que nos hace sentirnos realmente vivos. Debemos recordar que, independientemente de que tengamos 20, 40 ó 60 años, seguimos siendo un mundo  de posibilidades, con mucho por explorar, por intentar, por hacer, por vivir y por soñar. 


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