Pánico al silencio

Yo tomo el metro muy temprano por la mañana para ir a trabajar. De todas las opciones de transporte público que existen, el metro es la que más me gusta, no sólo porque te permita librarte de los atascos de tráfico interminables tan habituales en Madrid, sino porque el hecho de que viaje bajo tierra, para mí le da un encanto especial. En cierto modo, te aislas de todo, del ritmo de la ciudad de bulle encima de ti y es una especie de paréntesis antes de entrar en la vorágine del trabajo diario, como si de repente entraras en una dimensión en la que todo se detiene, estilo Matrix. 

Habitualmente, ese tiempo del metro se utiliza para leer, echar la última cabezada antes de empezar la jornada, enterarse de las noticias por el periódico gratuito (aunque últimamente esta actividad es muy estresante por los sustos que nos da la economía) o simplemente dejar pasar el tiempo, sumido en los propios pensamientos, aprovechando esos minutos del trayecto del metro para hacer algo que no podemos hacer durante el resto del día: quedarnos en silencio y pensar. 


Autoevaluar la propia vida, determinar dónde estamos, a dónde queremos llegar, si estamos viviendo la vida que nos gustaría o si estamos siendo infieles a nuestros sueños es algo que sólo podemos hacer en silencio, desconectando de todo lo demás. Ese silencio es el que nos permite una tranquila charla o amarga charla con nosotros mismos, nos permite reconectar con nuestra esencia y sentirnos auténticos. También nos puede resultar deprimente si observamos que nuestra vida no se parece en nada a la que nos gustaría llevar, o nos hace enfadarnos con nosotros mismos por los errores cometidos, por no haber tenido suficiente valor para hacer cosas o disfrutar de nuestros triunfos. En cualquier caso, gracias a ese silencio, volvemos a ser nosotros mismos. 

Es por esto que muchas personas le tienen pánico al silencio. Llegan a casa y ponen la televisión o la radio, para no pararse a pensar, para no permitirse escuchar los pensamientos que una y otra vez bullen en su cabeza. Los jóvenes continuamente acompañados por la música del móvil, incluso cuando están charlando con sus amigos o cenando en un restaurante, se busca el ruido que abotargue el cerebro, que nos distraiga, que impida tener esa necesaria charla con nosotros mismos. 

Muchas veces esa charla no es fácil, porque implica reconocer los propios fracasos y debilidades, aceptar que no somos perfectos, que hemos mentido o que nos hemos dado la vuelta ante una injusticia. Pero, incluso si es así, es importante que nos escuchemos, que nos comprendamos, que nos perdonemos y que nos aseguremos de que, la próxima vez, intentaremos hacerlo mejor. 

De lo contrario, viviremos una vida de estímulos, completamente reactiva, en la que seremos unos extraños para nosotros mismos. Para evitarlo, nada mejor que desconectar, apagar todos los aparatos, cerrar los ojos, tenderte en la hierba y saludarte de nuevo a ti mismo. Redescubrirse también es una aventura en la que se pueden encontrar muchos tesoros. 

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