A punto de (relato) / I was about to (story)

Relato ganador del VI Premio P+L de verano 2011, convocado por la revista POESIAMAS. 


Estuve a punto de morir. A punto de perderme y de perderlo todo. A punto de coger un sendero de oscuridad y tristeza. A punto de renunciar a mí misma, a lo que yo soy, siento y quiero. A punto de encadenar para siempre las puertas de mi alma, ocultando la luz que brilla en ella. A punto de llevar una existencia vacía y sin sentido. Pero justo entonces, salido de la nada, apareció un sendero, pequeño, oscuro y desconocido que parecía no tener fin. Miré el que había recorrido yo hasta entonces,  aquel por el que había estado caminando tanto tiempo y lo comparé con el nuevo que se abría ante mí. El sendero por el que yo venía era más tranquilo y luminoso. Yo ya conocía cada piedra, cada recodo porque, sin darme cuenta, me había pasado la vida recorriéndolo una y otra vez, tropezando siempre en las mismas piedras. 




Comenzó a llover mientras yo me decidía. Estaba cansada, empapada y desesperanzada. Nada tenía sentido. Nada funcionaba. La familiaridad del sendero antiguo me tranquilizaba, pero sabía que aquella tranquilidad era también mi cárcel. Sin darme cuenta, por fin, había encontrado la puerta de la celda. La abrí. Di el primer paso en el nuevo sendero, un paso vacilante y asustado. No sabía qué me esperaba ni qué había más adelante, pero no me importaba. El sendero era oscuro, estrecho, retorcido, empinado y resbaladizo. Más de una vez resbalé y caí, pero me levanté de nuevo. La lluvia arreciaba y la oscuridad me daba miedo. Comenzó una fuerte tormenta, con truenos ensordecedores y rayos que reventaban la oscuridad del lugar. Nubes negras se cernían sobre mí pero seguí caminando, sin parar, sin descansar, sin detenerme, adelante, adelante, siempre adelante, sin cuál sería mi suerte. 



Al girar en un recodo llegué a un precipicio. Miré abajo. La caída parecía no tener fin. Al fondo del estrecho desfiladero discurría un río. El sendero continuaba al otro lado de la sima, pero el precipicio era demasiado ancho y no podría salvarlo de un salto. Me senté a llorar en el borde del camino, desesperada. Y entonces oí los gruñidos y gritos de mi carcelero. Me estaba buscando y sabía que, si me encontraba, no podría volver a escapar, no me quedarían fuerzas para volver a intentarlo. Su figura borrosa surgió de entre las sombras. Jadeaba por la carrera, pero miró detrás de mí, se detuvo y rió. Yo no tenía escapatoria y él lo sabía, al igual que yo. Avanzó lentamente hacia mí. Pero si de algo estaba yo segura era de que no me volvería a atrapar. No. No volvería a aquel agujero oscuro y maloliente, a aquella vida pequeña y mutilada. 




Giré sobre mí misma y miré hacia el desfiladero. Ya no sentía la lluvia caer sobre mí. Me acerqué al precipicio, poniendo los pies en el borde. El viento jugaba con mi falda y enredaba mis cabellos. Las gotas de lluvia se mezclaban con mis lágrimas. Le oí reír. Reía gozoso, satisfecho de mi miedo. Reía triunfal. Había ganado y lo sabía. Se detuvo y se sentó tranquilamente a esperar. No era la primera vez que me escapaba, y siempre me había atrapado o yo siempre me había sentido culpable por dejarle y había vuelto. 


Pero algo estalló en mí. Sin pensarlo, adelanté un pie hacia el borde y me dejé caer. Para mi sorpresa, no caí. Mi pie se apoyó en una superficie dura, como si se hubiera abierto un puente invisible ante mí. Temerosa, avancé otro paso. Y otro. Le noté levantarse. No entendía nada. No comprendía cómo había tenido el valor de desafiarle y saltar. Aceleré el paso intentando seguir una línea recta imaginaria, manteniendo el equilibrio y conteniendo la respiración segura de que, en algún momento, se terminaría aquel puente y caería al vacío. Pero no. Llegué al otro lado. Puse los pies en el suelo visible y suspiré aliviada, notando en mi pecho un calor y una sensación hasta ahora desconocidos para mí. Reí nerviosa, y mi risa se mezcló con mi llanto. Mi llanto de pena se transformó en llanto de alivio y finalmente en llanto de felicidad. 

Me di la vuelta. Él se había parado al borde del desfiladero. Me miraba y me gritaba, haciéndome gestos para que volviera, mientras me amenazaba con todo lo que me haría cuando me cogiera. Pero no se movía. Nada. Ni un milímetro. Entonces me di cuenta. Él era un cobarde. Un auténtico cobarde a quien le producía pánico la idea de saltar. Estaba paralizado. Un maldito cobarde. Me inundó la rabia contra mí misma y contra él, por haber dejado que me hiciera aquello. Finalmente, la serenidad inundó mi alma. Por fin era libre.

Me volvía hacia él quien, furibundo, seguía gritando y lanzando amenazas. El me miró a los ojos y comprendió que yo, por fin, había escapado. Porque, a diferencia de otras veces, mi espíritu ahora también era libre. Dejó caer los brazos a los lados, derrotado. Le miré por última vez con una mezcla de odio y lástima. Odio por lo que me había hecho y lástima por cómo había logrado que le odiara. Él comenzó a gritar de nuevo. 

Me di media vuelta, ignorando sus gritos. Ante mí, el sendero, antes estrecho, se volvía ancho, luminoso y fácil de caminar. Y yo sentía cómo mi alma libre se aligeraba a cada paso.
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Story winner of the VI Award P + L Summer 2011, convened by POESIAMAS magazine. 


I was about to die. On the verge of losing myself and losing everything. About to taking a path of darkness and sadness. Ready to renounce to myself, to what I am, what I feel and what I want. On the brink of chain forever the doors of my soul, hiding the light that shines in it. In the verge of leading a  meaningless  empty existence. But just then, out of nowhere, appeared a small, dark path, unknown to me, that seemed endless. I looked at the path I had been traveling so far, walking along for so long and I compared it with the new one opened before me. The trail from where I came was quieter and brighter. I already knew every stone, every turn because, without realizing it, I had spent my life crossing it again and again, always stumbling over the same stones.

It started raining while I was deciding myself. I was tired, soaked and hopeless. Nothing made sense. Nothing worked. The familiarity of the old trail reassured me, but I knew that peace was also my prison. Without realizing it, I had finally found the door of the cell. I opened it. I took the first step on the new path, a hesitant and scared step. I didn’t know what to expect or what I could find later but I didn’t care. The path was dark, narrow, twisted, steep and slippery. More than once I slide and fell down, but I got up again. The rain increased, and the darkness scared me. It began a heavy storm, with deafening thunder and lightning that broke the darkness of the place. Dark clouds loomed over me but I walked without stopping, without resting, non-stop, forward, forward, always forward, without knowing what my fate could be.
When turning a corner I came to a cliff. I looked down. The fall seemed endless. Down the narrow gorge flowed a river. The trail continued on the other side of the chasm, but the precipice was too wide and could not be saved with a jump. I sat to mourn over the road, desperate. And then I heard my jailer’s grunts and cries. He was looking for me and I knew that if he found me, I couldn’t go away once more; I would not have enough energy to escape again. His blurred figure emerged from the shadows. He was panting from the race but looked behind me, stopped and laughed. I had no escape and, like me, he knew it. He moved slowly towards me. But I was certain I wouldn’t let him to catch me again. I wouldn’t go back to that dark and smelly hole, to that little and mutilated life.

I turned around myself and looked into the gorge. I no longer felt the rain falling on me. I approached the precipice, putting my feet on the edge. The wind played with my skirt and tangled my hair. Raindrops mingled with my tears. I heard him laugh. He laughed joyfully, satisfied with my fear. He laughed triumphantly. He had won and he knew it. He stopped and sat quietly, waiting. It was not the first time that I eluded him, and I he always managed to catch me or I had felt guilty for leaving him and had returned with him.
But something exploded inside me. Without thinking, I passed one foot over the edge and let myself drop. To my surprise, I didn’t fall. My foot rested on a solid surface, as if an invisible bridge had opened in front of me. Fearful, I advanced other step. And another. I noticed him getting up. He did not understand anything. He did not understand how I had the courage to challenge him and jump. I quickened my pace trying to follow an imaginary straight line, balancing and holding my breath secure that, at some point, that bridge would end and I would fall into the voidness. But I came across. I put both feet on the ground and sighed visibly in relief, feeling a warmth in my chest unknown for me until then. I laughed nervously, and my laughter mixed with my tears. My tears of sorrow turned into tears of relief and finally into tears of happiness.
I turned around. He had stopped at the edge of the gorge. He looked and shouted at me, gesturing in order to make me come back, as he threatened me saying how he would punish me when he finally managed to trap me. But he didn’t move. At all. Not an inch. Then I realized it. He was a coward. A real coward who was fear of jumping. He was paralyzed. A bloody coward. I was flood of anger against myself and against him, for letting him to do that to me. Finally, my soul recovered serenity. Finally, I was free.
I turned to him who, frenzied, kept on shouting and threatening me. He looked into my eyes and realized that, finally, I had escaped from him. Because, unlike other times, my spirit was now also free. He dropped his arms, defeated. I looked at him for the last time with a mixture of hatred and pity. Hate for what he had done to me and shame for how he managed to make me hate him. He started screaming again.

I turned back, ignoring his yells. Before me, the path, narrow as it was before, became wide, bright and easy to walk. And felt my free soul alleviating with every step.


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Hermoso, esperanzador...

¡Me encantó!
Idaira ha dicho que…
Buen relato y sobre todo muy positivo que buena falta hace.
Si tienes un momento te agradecería que te pasaras por mi blog. No escribo tan bien como tú (ya me gustaría) pero disfruto escribiendo y saber que hay gente que me lee ayuda a ponerse frente a la página en blanco.
lachicaylaluna.blogspot.com
Mercedes Torija ha dicho que…
Gracias por tus palabras, me han impresionado. !Me alegro mucho de que te gustara!
Mercedes Torija ha dicho que…
Hola Idaira,
Gracias por tus palabras, aunque creo que exageras (aquí icono de cara roja de vergüenza) :-)
He entrado en tu blog (ya sólo la estética me ha encantado) y he disfrutado leyendo cada relato y, sobre todo, tus poemas. A mí me parece muy difícil escribir poesía y creo que lo haces de maravilla, las palabras tienen ritmo y te llevan. Enhorabuena por enfrentarte cada día a la página en blanco :-) y no dejes de hacerlo, que somos compañeras en ello.

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