lunes, 20 de enero de 2014

Grandes escritores, grandes maniáticos





Todos los que escribimos tenemos, en mayor o menor medida, una serie de rituales que nos ayudan en el momento de ponernos ante el folio en blanco. Yo, por ejemplo, prefiero escribir al caer la tarde (el tener que madrugar me impide escribir de noche, mi momento preferido), con música de Mozart o Hadyn y siempre sabiendo que tendré al menos un par de horas en las que nadie me molestará para poder concentrarme.

A la hora de corregir los textos, me encanta hacerlo en el metro, yendo a trabajar y nunca con bolígrafo rojo. Puede ser azul, verde o negro, pero no rojo. No sé el por qué de esa preferencia, pero así es.

Toda esta reflexión sobre mis hábitos de escritura ha venido a mi mente tras leer ayer un artículo en el que se explicaba que Hemingway escribía siempre de pie y con una pata de conejo raída en el bolsillo. Eso me ha llevado a sentir curiosidad y me he dado cuenta de que todos los escritores tienen o han tenido sus manías, algunas realmente peculiares, quizá para intentar retener a la musa, siempre tan esquiva.


Lord Byron, por ejemplo, siempre escribía con trufas metidas en el bolsillo, porque decía que su olor le inspiraba. Este método lo llevó más allá Schiller, quien guardaba en un cajón de su escritorio manzanas podridas, porque decía que su olor le resultaba muy inspirador y no podía trabajar sin ellas.

Quienes prefieren escribir en papel o no tenían más remedio que hacerlo porque la tecnología no había mecanizado aún la escritura tenían también sus preferencias en cuanto a colores. Alejandro Dumas, por ejemplo, escribía las novelas en papel azul, los poemas en papel amarillo y los artículos en papel rosa. Lewis Carrol solía escribir con tinta color púrpura, porque era el color que utilizaba para corregir los exámenes de sus alumnos en Oxford. Neruda, por su parte, sólo escribía con tinta verde, mientras que Charles Dickens escribía siempre en azul. 


Pero las rarezas no terminan ahí. Dumas, además de elegir el color del papel vestía siempre una especie de sayón rojo de mangas largas cuando escribía, y siempre calzaba sandalias. Balzac, quien encargaba a una criada que le despertara a media noche para empezar a escribir, lo hacía siempre vestido de monje. 


Si a Hemingway le encantaba escribir de pie, Truman Capote se definía a sí mismo como un autor horizontal, a quien le gustaba escribir echado, bien en la cama o en el sofá, siempre acompañado de un cigarro y un café. Proust también compartía esta posición ya que, como buen hipocondríaco, escribió la mayoría de sus obras tumbado en la cama para así prevenir un posible ataque de asma. 



Y si todos los escritores tenemos un momento del día preferido para escribir, algunos lo llevan a extremos casi militares, como Isaac Asimov, quien escribía todos los días durante ocho horas, o Haruki Murakami, quien se levanta a las cuatro de la mañana y escribe durante seis horas, aunque compensa este sedentarismo con los diez kilómetros que suele correr después. Stephen King también pertenece a este club, ya que se levanta todos los días a las ocho y media de la mañana para comenzar su tarea, al igual que Anthony Trollope, quien se levanta a las cinco y media. 


Otros escritores utilizan las palabras para determinar cuánto deben escribir cada día. Stephen King busca completar dos mil que no sean adverbios y Tom Wolfe 1800, y no se permite un descanso hasta que las consigue. Jack London, por su parte, escribía 1000 palabras todos los días y Arthur Conan Doyle tres mil, pero todos se ven superados por las 5000 palabras diarias que dejaba escritas Raymond Chandler. 

Esto es tan sólo una muestra, ya que la lista de manías de los escritores es interminable, además de variopinta.


Así que ya lo sabes. La próxima vez que te digan que eres maniático a la hora de escribir... puedes responder que va con el oficio.

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