Con las manos llenas de harina (sin gluten)


Escribo este artículo casi con las manos llenas de harina. Soy intolerante-alérgica-vaya-usted-a-saber-qué al gluten, es decir, en las pruebas no se detecta nada, pero a mí me sienta como un tiro, así que he dejado de consumir productos con gluten.
Hasta ahora me he limitado a comprar productos para celíacos, pero, desde que lo hago, el presupuesto para la compra ha aumentado considerablemente, por lo que he decidido preparar por mí misma el pan, bizcochos y otras cosas que pueda hacer yo. Así que me he puesto manos a la obra y ahora mismo la masa está fermentando en el horno. He disfrutado mucho haciéndolo, porque  amasar pan tiene algo atávico que hace sentir bien. No sé si será la textura de la masa o el hecho de crear algo con nuestras propias manos, pero resulta muy relajante.


Mientras amasaba, no he podido por menos que pensar en todos aquellos que no tienen recursos para celíacos. En España y en lo que se llama el Primer Mundo, gracias a cadenas como Mercadona estos productos son más económicos y accesibles, y aun así suponen en muchos casos un gran esfuerzo para las familias. Pero los tenemos a nuestro alcance, a diferencia de otros muchos.




Mi mente ha viajado hacia los habitantes del mal llamado Tercer Mundo, o las economías emergentes, donde estos productos no existen o hacia aquellos que, en nuestras opulentas sociedades, no tienen ni un techo donde cobijarse y se ven obligados a  vivir en la calle. Enfermar por saciar el hambre, porque no tienes otra cosa que llevarte a la boca que un mendrugo de pan o alimentos llenos de gluten para que tengan consistencia. Diarreas, vómitos, cansancio, retraso en el crecimiento… todos o sólo alguno de los síntomas suponen casi la muerte segura en sociedades sin recursos. Y me imagino la desesperación de una madre que ve cómo lo único que puede dar a su hijo de comer le sienta mal o le hace enfermar.
Y no sólo en el caso de la celiaquía. Enfermedades que en Occidente tratamos con una simple pastilla, como el hipotiroidismo, y que quienes no tienen acceso a ella mueren indefectiblemente tan sólo por intereses económicos… todo ello me lleva la idea de que nunca hay que dejar de luchar por lo que es justo, por lograr que los recursos lleguen a todos por igual, por evitar que los intereses económicos dividan el mundo entre los que tienen y los que mueren por no tener.

Porque muchas veces olvidamos que quienes no tienen, estén donde estén, son iguales a nosotros. Como nosotros, sufren, tienen metas, deseos, miedos, sienten angustia y dolor, algo que muchas veces olvidamos. Como nosotros, se hunden y se preguntan qué significado tiene una vida sin futuro. Como nosotros, se desesperan, cansados de esperar, valga la redundancia, que alguien, por fin, algún día, les contemple como las personas que son.




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