Descongelando a mis personajes


A menudo, mientras escribimos una novela, a menos que seamos escritores profesionales que viven de ello, son muchas las circunstancias personales y profesionales que pueden obligarnos a dejar a un lado nuestra obra, durmiendo en el cajón (más bien en el archivo del ordenador) hasta que estemos otra vez preparados para retomarla.

Para evitar esto, yo intento escribir mis novelas durante las vacaciones, para tener un largo periodo para dedicarme a ellas sin interrupciones. Pero eso no siempre es posible. A menudo, la idea de una nueva novela, con personajes que te urgen a que cuentes su historia, aparece cuando las vacaciones quedaron atrás y las próximas quedan aún muy lejanas, o cuando las estoy terminando. En esas ocasiones, procuro escribir los fines de semana y, si puedo robar alguna horilla, entre semana.




Pero el hombre propone y Dios dispone, como dice el refrán, y, sin quererlo, la novela queda relegada a un segundo plano. Cuando yo escribo, podría decir que “veo” en mi cabeza las escenas o capítulos que estoy escribiendo, tanto que pudo casi sentirlo. Los personajes se mueven corren, ríen o lloran o saltan al ritmo que lo hacen en las teclas de mi ordenador. Por ello, cuando paro de escribir, siempre los veo como si la escena se hubiera congelado, y todos se hubieran detenido en aquello que estaban haciendo, sobre todo si se tiene la mala suerte de estar a mitad de un capítulo.

Los personajes se quedan estáticos, en la posición que yo los haya dejado. Al principio, están convencidos de que sólo serán unos días y, como ya están acostumbrados, no protestan.

Como el perro que se pone nervioso al sentir que la ausencia de su amo es más larga de lo habitual, mis personajes empiezan a impacientarse. Al principio es fácil ignorarlos, sobre todo si las circunstancias en las que te ves inmerso te llevan en volandas, pero poco a poco sus voces y sus quejas se hacen más y más audibles, hasta el punto de que sientes casi como si el manuscrito se revolviera pidiendo de nuevo tu atención.

Con pena, muchas veces hago caso omiso de esas voces porque no estoy preparada para retomar la escritura. Me siento como si no supiera hacia dónde tienen que ir o qué era lo siguiente que iban a hacer. Les pido un poco de paciencia pero, como el perro intranquilo, en lugar de gritar, aúllan.


Eso hace que vuelva a prender en tu interior la llama de la escritura, ese algo especial que, quienes escribimos, sólo encontramos mientras lo hacemos, casi una felicidad plena, diría yo, un sentirse vivo y disfrutar como sólo lo podemos hacer entre palabras. Y noto cómo la musa se despereza y cómo mi cerebro abre la puerta y descorre las cortinas del lugar al que había relegado mis personajes. Estos, alborozados como el perro que oye la llave en la puerta, dejan de quejarse y expectantes, contemplan como me siento de nuevo ante el ordenador, despejando la mesa para que nada me distraiga y se preparan para volver a la vida. 


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