NOS DIJERON QUE ÉRAMOS DÉBILES

 Nos dijeron que éramos débiles. Nos lo decían mientras nos llenaban de cadenas. Y así lo parecía. Los demás encontraban el modo de seguir adelante. Nosotros no. Intentábamos movernos bajo las cadenas, pero tan sólo conseguíamos herir y lacerar nuestra piel.

Las heridas llegaron a ser tan profundas que dejamos de luchar para no hacernos daño, para no sufrir más. Nos decían que éramos débiles. Que no valíamos. Los demás sí, nosotros no. Debíamos asumirlo. Los demás sí, nosotros no.

Al cabo del tiempo, algo se despertó en nuestro interior. Algo que habíamos olvidado que teníamos. Algo que había estado agazapado, esperando el momento propicio para surgir de nuevo. A tientas, despacio, comenzamos a movernos de nuevo. No fue fácil. La depresión, el miedo y la ansiedad se habían convertido en nuestros compañeros de viaje, haciendo casi imposible avanzar. Aterrorizados, llorando de miedo, a ciegas, sin saber a dónde íbamos, comenzamos a avanzar, tirando de las cadenas.


Comenzamos a romperlas. Una a una. Hiriéndonos, sangrando, asustados, rompíamos una tras otra. Ellos intentaban impedírnoslo. A cada golpe que nos daban caíamos al suelo, aturdidos, intentado comprender por qué nos hacían daño quienes debían querernos más, por qué nos odiaban quienes debían amarnos, por qué nos herían quienes debían cuidar de nosotros.

Pasado un tiempo nos rehacíamos y reemprendíamos la marcha. Pasos lentos y vacilantes, que se hacían más firmes y decididos, siguiendo nuestra voz interior. A cada paso caían más cadenas. La mayoría nos las habían puesto los demás, pero muchas las habíamos reforzado nosotros. 

Rompimos una, y otra, y otra. Ellos chillaban, histéricos, incapaces de comprender y dar crédito a lo que sucedía. Sois débiles, gritaban. No valéis, chillaban desesperados. Los demás sí, vosotros no, se desgañitaban.

Pero sus palabras ya no tenían poder sobre nosotros. Cada cadena que caía nos hacía darnos cuenta de que no tenían razón, de que nunca la habían tenido. Nos habían llenado de cadenas porque éramos la luz en su mundo de oscuridad, y no podían permitirlo. Necesitaban seguir en su oscuridad, necesitaban hacernos partícipes de ella, sin cuestionarla. Pero nosotros, los débiles, los que no valíamos, sabíamos que había algo más.
Tras romper muchas cadenas, llegamos a un gran muro que impedía entrar la luz, el muro que significaba la frontera entre dos mundos. Era grueso, alto y fiero, y parecía inexpugnable. Pero nosotros sabíamos cómo romperlo. 


No fue fácil. A cada golpe de mazo apenas saltaban unas astillas. Seguíamos golpeando, con la  desesperación que el miedo y la rabia dan. Estábamos rabiosos; nos habían engañado. Sois débiles, decían. No valéis, decían. Los demás sí, vosotros no, gritaban. Y todo era mentira.

Rabiábamos porque quien debía amarnos casi nos había destrozado. Porque no nos habían permitido ser. Porque nos habían mantenido a la fuerza en un mundo de oscuridad para protegerse ellos mismos de la luz. La rabia, la ira y el deseo de ser libres volvían nuestros golpes fueran cada vez más fuertes. Cuanto más fuerte golpeábamos, más fuerte gritaban ellos. Pero ya no tenían poder sobre nosotros. Ahora eran ellos los que, aterrados, contemplaban como, por fin, abríamos un hueco en el muro.

Poco a poco lo fuimos haciendo más grande. El miedo seguía acompañándonos, pero habíamos aprendido a confiar en la vida, a esperar. Habíamos aprendido que, cuando estuviéramos preparados, el momento justo llegaría.

Saltamos el muro, disfrutando, por primera vez del calor del sol en la cara. Abrimos los brazos y reímos como niños, sintiéndonos libres, girando sobre nosotros mismos. Sin miedo, sin gritos, sin cadenas.

Volvimos la vista hacia el muro. Ellos permanecían al otro lado, incapaces de cruzarlo. Nosotros habíamos tenido el valor de hacerlo, ellos no. Fuimos fuertes y tenaces, ellos no. La mera visión de la luz los aterraba. La idea de salir de su mundo era inconcebible para ellos.

Pero, a diferencia de ellos, no nos sentíamos superiores. Durante los años de lucha habíamos aprendido que cada uno lucha y llega hasta donde puede y decide dónde detenerse. Ellos habían preferido construir su vida en la oscuridad del muro y ese muro que les limitaba y quitaba la luz también les daba seguridad.

Pero a nosotros nos asfixiaba.

Echamos a andar. No habíamos roto todas las cadenas, nuestro trabajo de ser libres aún no había concluido y probablemente no terminara nunca. El miedo tampoco había desaparecido, pero ya no nos detenía. Caminaba a nuestro lado, silencioso, esperando cualquier ocasión para paralizarnos; a veces lo conseguía, pero por poco tiempo.

Contemplamos el camino que se extendía ante nosotros. Era largo y tortuoso. Pero era el nuestro. Por fin nosotros, los débiles, los que no valíamos, los demás sí vosotros no, habíamos encontrado nuestro camino.


Era hora de seguirlo


Fotos con licencia creative commons 
https://www.flickr.com/photos/jamesrbowe/6922489394/

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