Stephen Hawking, abriendo las puertas del universo


La divulgación científica siempre me ha apasionado. No soy buena ni en matemáticas ni en física, por lo que un autor que sea capaz de explicar estos temas para neófitas como yo de forma clara y amena es un hallazgo. Uno de los científicos que más consiguió esto para mí fue Stephen King.

La lectura de su libro “Breve historia del tiempo” me abrió a un mundo nuevo de agujeros negros, vórtices, viajes en el tiempo, universos que se expanden o contraen o incluso la posibilidad de vida extraterrestre. Y todo contado no sólo de forma entretenida, sino haciendo gala de un sentido del humor envidiable, quizá uno de los rasgos más característicos de Hawkings.


Conocer su historia, su estado y su enfermedad parecía casi incompatible con aquel modo de ser. Ser prisionero de tu propio cuerpo, necesitando incluso un ordenador para comunicarse es una situación que acabaría con el ánimo de cualquiera. Pero Stephen King no sólo supo superar su adversidad, sino reírse de ella, dando fe una vez más de la grandeza del ser humano ante las dificultades. En alguna ocasión incluso dijo que su discapacidad le había venido bien para no tener que hacer trabajo de despacho ni asistir a reuniones interminables que le habrían quitado tiempo para investigar y pensar, y por tanto para toda su obra. Dio una lección admirable de ser capaz de muchas cosas a pesar de su enfermedad, lo que imagino que dio también fe, esperanza y sobre todo visibilidad a todos aquellos que reciben el diagnóstico de ELA, Esclerosis Lateral Amiotrófica, una enfermedad de la que sólo en España se diagnostican 900 casos al año.

Por ello no podía dejar de rendir mi homenaje personal a quien, literalmente, me abrió las puertas del universo y me enseñó que, con coraje y sentido del humor, el ser humano puede enfrentarse a lo imposible.




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