jueves, 29 de marzo de 2018

This is me


Quienes somos distintos nos convertimos en guerreros desde niños. A veces incluso casi desde que nacimos, si tuvimos la mala suerte de tener unos padres que, reflejando en nosotros sus propios complejos, acentuaron ese sentimiento de ser diferentes, de que nos faltaba algo, de no ser suficientes para que nuestros padres estuvieran orgullosos de nosotros por nuestros logros, como hacían con nuestros hermanos. Cualquier esfuerzo, cualquier reconocimiento quedaba eclipsado por ese rasgo que nos diferenciaba de los “normales”, los “aceptables”.

En el colegio nos endurecimos. Lo que ahora se conoce como “bullying” ha existido siempre. Muchos lo hemos sufrido, siendo ignorados por los compañeros, metidos en listas de niños/as feos/as, insultados, blanco de todas las bromas de los graciosos de turno que encontraban muy fácil burlarse de quienes, con la sensación de no ser suficientes, de no ser normales, no sabíamos ni defendernos, porque no nos habían inculcado la mínima autoestima.


Ese rasgo podía ser la gordura, la extrema delgadez, la falta de estatura o un exceso de ella, tener un hemangioma en la cara, una dificultad al hablar, una cojera hereditaria… nadie a tu alrededor, ni profesores, ni compañeros ni padres se preocupaba por ti, por cómo te sentías, por lo duro que era cada día ir al colegio a ser insultado, maltratado e ignorado. Y cuando por fin reunías el valor de decírselo a un profesor/a, le quitaban importancia, decían que era normal o te mandaban al psicólogo del colegio, alguien que, después de entrevistarse contigo no había sabido entrever tu miedo a decir la vida, lo roto que te sentías por dentro, tu falta de empatía y los refugios que habías encontrado para salir adelante en medio de todo aquello.

Terminamos el colegio y nos sentimos más aliviados en la universidad. Allí, entre tanta gente, estábamos más tranquilos, nadie nos miraba, nadie se percataba siquiera de que estábamos allí, asustados ante cualquiera que se fijara en nosotros, temiendo una nueva burla, una nueva herida. Nos habíamos recompuesto como habíamos podido del colegio, pero la herida seguía allí, y nuestro miedo se había hecho más grande. A veces teníamos la suerte de tener un grupo de amigos, porque habíamos empezado de cero, quizá fingiendo ser quienes no éramos, intentado olvidar un pasado que nos hundía cada vez que lo recordábamos.

A la búsqueda del trabajo nuestro fantasma volvía. La cara de asco de nuestro nuevo jefe cuando veía que su nueva empleada no era rubia, alta y delgada, los puestos a los que nos veíamos relegadas, sobre todo las mujeres. Un hombre feo o gordo tenía el derecho a ser inteligente, a valer. Una mujer gorda o fea no, sobre todo gorda. Quedábamos relegadas a puestos de atención al cliente, donde no ser vistas, sin posibilidades de promoción, porque una mujer que no era físicamente agraciada o con algún defecto, tenía muy complicado hacer carrera.

Pero todo eso también nos endureció y nos fortaleció. Nos convertimos en guerreros solitarios, luchando casi día a día por nuestro derecho a ser, por nuestro derecho a existir y a tener una vida como los demás, como los “normales”, sin que nos pusieran mala cara, sin que nos insultaran por la calle, sin que nos valoraran sólo por el primer vistazo, dando por supuesto que no valíamos o que no teníamos capacidades.

De adultos la mayoría seguimos arrastrando las consecuencias del bullying. Algunos necesitamos ayuda psiquiátrica o psicológica, otro nos, pero seguíamos rotos, dañados, recompuestos por nosotros mismos como habíamos podido. Y logramos salir adelante.
Después, si tuvimos la suerte de que alguien nos viera de verdad, que mirara dentro de nosotros, encontramos el amor, que nos sanó por dentro. Y nos hicimos más fuertes y más seguros, aunque temiendo siempre esa pulla, esa broma, esa mirada que nos convertía otra vez en niños maltratados y desataba de nuevo el infierno que habíamos vivido, retrotrayéndonos a él casi como por arte de magia, haciendo que nos faltara el aire, que cayéramos de nuevo, que lloráramos de nuevo, para después, ya recuperada la calma y volviendo a ser adultos, nos recomponíamos de nuevo y volvíamos a nuestro día a día.


Hay que reivindicarse a uno mismo, darse cuenta de que, seas como seas, tienes tu propio valor, porque eres único, con cualidades y defectos únicos, con una inteligencia única y una forma de ser única que, independientemente de lo que piensen y digan los demás, especialmente los “líderes de pacotilla” que hay en los colegios, que disfrazan sus propios complejos atacando a los débiles, maltratando a los que callan y dañando a los que no se defienden. Hay que darse cuenta de que su opinión no vale nada, porque está basada en su complejo de inferioridad, y su sentimiento de no valía y en su saber, en lo más profundo, que aquellos a los que maltratan, insultan, ignoran y de los que se burlan, valen mil veces más que ellos. Simplemente tuvieron suerte de no ser distintos, pero, aún así, no valen una mierda.

Por último, y como homenaje a todos los que en algún momento hemos sufrido bullying, sea el que sea, os dejo la canción que ha inspirado esta entrada y que refleja cómo nos hemos sentido. Se trata de "This is me", de la banda sonora de El gran Showman

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