El Tercer Secreto III

Este es el tercer capítulo de El Tercer Secreto (mucho Tercer :-)) Espero que sigáis disfrutando con la intriga!


Abrí los ojos despacio, aturdido y mareado. Los cerré para evitar que el dolor de cabeza tan intenso que sentía se agudizara por la luz blanca que me rodeaba. Los abrí de nuevo, despacio.
El recuerdo de Eva desapareciendo a hombros de aquellas criaturas me vino de golpe. Traté de incorporarme, pero no pude. Me di cuenta entonces de que estaba tumbado sobre una mesa de metal, con las muñecas y los tobillos sujetos a ella por argollas. Tiré con todas mis fuerzas, que ya no eran muchas, pero lo único que logré fue hacerme daño. Me sentí impotente y asustando, por mí y por Eva, tanto, que poco faltó para que me echara a llorar.
También me dolía el antebrazo derecho, supuse que por alguno de los golpes recibidos. No podía pensar. Por más que intentaba tranquilizar a mi asustado cerebro, éste no paraba de chillar que iba a morir, de preguntarse qué habrían sido de Eva, de maldecir mi suerte, encerrado en aquella cámara para acabar siendo devorado por aquellas cosas negras.
Respiré hondo, intentando concentrarme en alguna idea productiva que me permitiera salir de allí. Me obligué a observar con atención lo que había a mi alrededor, pero, a parte de la mesa metálica a la que estaba atado, en aquella sala rodeada de cristales no había nada más.
Agucé el oído, esperando escuchar algún sonido que me llevara hasta Eva o al menos me permitiera saber que estaba allí conmigo, pero aquel lugar parecía desértico. Todo estaba en silencio.
Repasé una y otra vez lo ocurrido, intentando entenderlo. ¿De dónde habían salido aquellos seres? ¿Quiénes eran? Quizá alguien los había enviado para, por fin, sacarnos de la cámara, pero, si era así ¿por qué me habían atado? ¿Y por qué se habían llevado a Eva? ¿Quizá para confirmar que estaba bien?
- ¡Socorro! - grité - ¿Hay alguien? ¿Alguien puede oírme? ¡Necesito ayuda!


Mi voz retumbó tan fuerte sobre los cristales que me asusté. Poco a poco el eco se desvaneció, y el silencio me rodeó de nuevo. Esperé.
- ¿Qué queréis de mí? - me revolví furioso, intentando soltarme de las ataduras. La falta de respuestas, añadida a la incertidumbre me estaba volviendo loco.
Todos mis esfuerzos fueron en vano. Mi forma física era casi inexistente, y al poco de hacer fuerza aflojaba, los músculos totalmente doloridos.
- ¡Hijos de puta! - bramé - ¿De qué va esto?
Me callé en seco al escuchar un zumbido. Una de las puertas de cristal se abrió y uno de aquellos seres entró en la sala. Mediría más de dos metros y se movía despacio. Calzaba unas fuertes botas, con una suela de caucho de más de veinte centímetros de grosor, firmemente sujetas a la pierna con cordones negros, que desaparecían debajo de unos pantalones negros de un tejido que me recordó al neopreno. El torso lo llevaba cubierto por una especie de chaleco duro negro también, sobre el que se cruzaban un par de cananas. La cabeza aparecía cubierta por un casco de metal y la cara, estaba oculta detrás de una esfera de cristal opaco, como los cascos de los astronautas, de un cristal opaco, tras el cual él podría verme, pero yo a él no.
Dio un par de pasos que retumbaron sobre el suelo, acercándose a mí. Se detuvo, se cruzó de brazos y permaneció en silencio.
- ¿Quiénes sois? - grité - ¿Qué queréis? ¿Qué habéis hecho con Eva?
Nada más pronunciar esas palabras, el cristal que estaba frente a mí se iluminó con una luz totalmente blanca. Se oyeron de nuevo chirridos y crujidos metálicos, como si ajustaran el volumen de un micrófono.
- ¿Quién es usted y qué hacía en la cámara?
La voz robótica de la pregunta me sorprendió. Abrí la boca para responder, pero me detuve.
- ¿Qué hacía con una niña en esa cámara? Hemos comprobado que no es hija suya.
A punto estuve de preguntar cómo lo sabían, pero, de nuevo, me contuve.
- No diré nada hasta no saber cómo está la niña.
- ¿Quién es usted y qué hacía en la cámara?
Permanecí en silencio. La figura que había junto a mí se agachó y me acercó un aparato al brazo con el que me propinó una fuerte descarga eléctrica, que hizo tensarse y temblar todo mi cuerpo, aunque pude contener el grito de dolor que pugnaba por salir de mi garganta.
- ¿Quién es usted y qué hacía en la cámara?
La misma pregunta, el mismo tono de voz sin variar un ápice me hicieron temer que quienfuera que estaba al otro lado podía no ser humano. Le imité
- No diré nada hasta saber cómo estaba la niña.
Intenté sonar firme, pero sabía que, si había una nueva descarga, les daría hasta la clave de mi tarjeta de crédito. Nunca fui bueno soportando el dolor, pero allí solo, atado, a merced de no sabía quién, mi poca resistencia se había debilitado hasta volverse casi inexistente.
La figura se inclinó de nuevo hacia mí. Cerré los ojos, esperando la nueva descarga, que no llegó. Los abrí despacio. Uno de los cristales se tornó azulado y en él apareció la imagen de Eva sentada en una cama, leyendo un libro y comiendo lo que me parecieron galletas de chocolate. Estuve a punto de echarme a llorar del alivio que sentí al ver que estaba bien y que parecía estar tranquila. Fruncía ligeramente el ceño, como siempre que se concentraba en algo, pero su cuerpo aparecía relajado. Alargó entonces la mano y bebió lo que parecía ser leche. Se pasó la mano por el cabello castaño claro, para apartar el mechón que le había caído sobre la cara al girarse y limpió las migas que habían caído en el libro. Sonreí, con los ojos llenos de lágrimas. Siempre le habían molestado las miguitas, hasta el punto de enfadarse conmigo cuando, en la cámara, yo comía sobre un libro o documento sin preocuparme y ella me afeaba mi actitud, exasperada como una madre con un niño travieso.
- Ella está bien - informó la voz robótica - por ahora. ¿Quién es usted y qué hacía en esa cámara?
Suspiré. No tenía sentido continuar con aquel pulso absurdo, menos aún si podía tener consecuencias para Eva.
- Está bien - me rendí - les contaré quién soy.

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